Un primer acercamiento a la poesía de Kyra Galván

Abel Pérez Rojas

Confieso que la invitación a participar en las XXVIII Jornadas Internacionales de Teatro Latinoamericano y Poesía Manuel Reigadas me dio la oportunidad de conocer parte de la obra poética de Kyra Galván (Ciudad de México, 1956), de quien me sorprende su extraordinaria trayectoria en campos tan diversos como la economía, el periodismo, la fotografía, la traducción y la novela. Esta pluralidad disciplinaria permite advertir una inteligencia abierta a diferentes formas de interpretar el mundo y, al mismo tiempo, una sensibilidad capaz de establecer vínculos entre realidades que, en apariencia, permanecen separadas.

Los primeros versos de su autoría que leí produjeron una especie de oxigenación en mi cerebro y en mi corazón, mientras la repetición infinita del mantra Aum resonaba en mi equipo de cómputo. Así comienza Las piedras:

La tierra era igual allá en Tokio.
Pisarla se sentía como en cualquier otro lado.

Estos versos me llevaron inevitablemente a recordar los de la escritora argentina Aurora Olmedo, que tanto me gustan y que siento míos: La patria es donde podemos andar descalzos sin lastimarnos.

La relación entre los versos de Kyra Galván y los de Aurora Olmedo me impulsó a sentirme en un lugar conocido y a tomar conciencia de que los poemas que continué leyendo me hablaban del interior, de la casa íntima, de la única morada a la que vale la pena llamar hogar: lo más profundo de nuestro ser. Ahí se encuentra nuestra verdadera patria.

No se trata de un territorio delimitado por fronteras políticas, sino de un espacio simbólico construido mediante la memoria, los afectos y las experiencias que nos han formado. La poesía restituye ese lugar cuando el desplazamiento, la pérdida o el paso del tiempo parecen haberlo borrado. En ese sentido, la palabra poética no solo nombra el hogar: lo reconstruye y nos permite habitarlo de nuevo.

Comprendí que las piedras a las que Olmedo alude indirectamente —en medio de la añoranza por el terruño durante los largos años que pasó en Europa— eran las mismas piedras «redondas y grises», mudas e inmóviles desde hacía seiscientos años, que escucharon llorar a la poeta «aunque no hablaran».

En efecto, las piedras —yo también lo sostengo— pueden escucharnos y hablarnos en zen o en gnosis, porque todo es vibración. Pueden tener setecientos, mil o un millón de años, porque su esencia está compuesta de la misma materia que la nuestra: polvo de estrellas procedente de las constelaciones más lejanas que podamos imaginar. Desde esta perspectiva, la piedra deja de ser un objeto inerte y se convierte en testigo de una temporalidad que rebasa la experiencia humana. Frente a ella, nuestra existencia parece breve; sin embargo, gracias a la conciencia y a la palabra, podemos interrogar esa inmensidad y otorgarle significado.

La línea del tiempo se extiende hasta el infinito, aunque en el poema queda delimitada por un corte transversal de «mil años». Las piedras, convertidas en «piso polvoriento», son el marco que nos conduce al hogar —situado en los adentros del corazón—, donde los cerezos florecen inmutables y traen consigo su simbolismo de belleza efímera y de la naturaleza transitoria de la vida.

Esa fugacidad de la existencia solo permanece cuando es captada y nombrada. El poema realiza así una operación contra el olvido: rescata un instante del flujo temporal y lo convierte en experiencia compartida. Lo vivido deja de pertenecer únicamente a quien escribe y se incorpora a la sensibilidad de quienes leen. Así ocurre con las partículas fundamentales relacionadas con la masa de la materia del universo, una de las cuales es llamada por su nombre por la poeta: el bosón de Higgs, en su poema Mil años.

La incorporación de este referente científico no es un adorno intelectual. Revela una poética capaz de enlazar la intimidad con la estructura del cosmos, la experiencia cotidiana con las preguntas fundamentales de la física y la conciencia individual con el misterio de la materia. En la poesía de Galván, ciencia y sensibilidad no se excluyen; se complementan para ampliar nuestras posibilidades de comprensión.

Se trata de una fugacidad que contrasta con el deseo frustrado de eternidad que da sentido al poema Nefertiti. La figura histórica funciona como un umbral entre la permanencia simbólica y la desaparición corporal. El arte conserva el rostro, el nombre y la memoria, pero no puede impedir la consumación de la muerte. Acaso ahí radique una de las tensiones esenciales de la poesía: sabemos que somos transitorios y, aun así, escribimos para permanecer.

Avanzo en la revisión de algunos poemas de Galván. Voy de Contradicciones ideológicas al lavar un plato a Las apariciones rutinarias del sol y me detengo para leer varias veces Ante la tumba de Dylan Thomas. Tengo que hacerlo con detenimiento, porque la potencia de sus versos no deja otro remedio que pensar y repensar su profundidad:

Yo he venido a rendirte homenaje
pero en este momento, sólo quiero hablarte de miserias.
De cómo el amor se hunde en los órganos
y los hace sangrar, porque nosotros no queremos dejar
de amar o quizá simplemente, de estar.

En estos versos, el amor abandona cualquier idealización complaciente y se manifiesta como una fuerza corporal que penetra los órganos, produce dolor y nos enfrenta con la fragilidad de estar vivos. Amar y estar aparecen unidos por una misma herida: ambos verbos expresan la voluntad de permanecer, aun cuando sabemos que toda presencia está amenazada por la ausencia.

Continúo leyendo la poesía de Kyra y me siento revitalizado, convencido de que lo menos que puedo hacer es agradecer haber encontrado vida en sus versos: el sentir y el respirar de un ser atrapado en carne y hueso, poseedor de tal dinamismo que, pienso, necesita distribuir su energía entre múltiples quehaceres y realizarlos todos con notable maestría.

Kyra poetiza ese encapsulamiento que nos concede existencia en este planeta. Lo hace mediante analogías tomadas del quehacer cotidiano, pero con la profundidad filosófica que el tema exige. En Vorágine se coloca frente a un cadáver, seguramente ante los restos del amado, para revelarnos, sin más, el misterio de la vida y de la muerte:

Dejé tu cuerpo en el hospital
para que lo recogiera la funeraria.
Lo dejé como un traje en la tintorería.
Ya no servía para hablar o caminar.
Ya nunca más estaría acompañada por ti…
Era sábado y me palpé vacía.
Desde entonces me persigue lo vacuo, lo
sinsentido, el velo sin estrellas.

La comparación del cuerpo con un traje dejado en la tintorería desconcierta por su sencillez y contundencia. Lo cotidiano irrumpe en la experiencia extrema de la muerte y vuelve todavía más dolorosa la ausencia. El cuerpo, despojado de la conciencia que lo animaba, se convierte en una vestidura inútil. Lo verdaderamente perdido no es la materia, sino la posibilidad del diálogo, del movimiento y de la compañía.

Concluyo que lo único que supera la vastedad de la obra de Kyra Galván es la profundidad de sus versos y la precisión de su mirada. De ahí que este escrito sea una invitación a conocer con mayor detenimiento su poesía, porque me queda claro que sus poemas están construidos con piedras añejas que no lastiman y que, por ello, pueden recorrerse con los pies descalzos, con el entendimiento sin reticencias y con el corazón por delante.