Pasos de enseñanza 

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Por Mayra Labastida

 

Me llamó llorando incontrolable. ¡Me caí muy feo mami, me duele el brazo, llévame con el doctor!

Había rodado de las escaleras de la casa.

Me contaba: caí primero del primer escalón y me di una sentada terrible, luego rodé hasta el piso y caí sobre mi brazo, ahí fue que me lastime.

Su hermano menor estaba con ella, a pesar de sus cuatro años, insistió en levantarla del piso para poder ayudarla. Ella sabía que debía ser más fuerte a pesar de la situación pues no quería que su hermano se asustara.

El dolor la hacía estar permanente de mal humor.  Así que no dudé en que un especialista la revisara.

Antes de salir todo era tragedia, su padre biológico y su padrastro cada quien por su lado opinaban que con los días el dolor y la molestia sanarían,  que la niña solo exageraba y que no era necesaria la visita al doctor. Situación que la puso aún de peor humor.

Yo como su madre, pensaba que era importante revisarla, en una semana se había caído tres veces, situación que me hacía pensar que seguramente tendría una lesión seria.

Durante el camino al fisioterapeuta, se  quejaba constantemente, me culpaba de que manejaba rápido, de que el calor le daba directamente, que si su hermanito no podía sentarse de manera  adecuarla en la parte de atrás del coche, y mil situaciones más.

Largo camino para mi que venía conduciendo y completamente estresada.

Al llegar al consultorio, como cualquier persona tuvimos que esperar un tiempo, mientras hacían cambio de turno y nos  sentamos en unas bancas que albergaban a más pacientes.

El mal humor de mi hija crecía  al mismo tiempo que el llanto de un menor que salía por alguna parte. En su rostro cubierto por el obligado cubre bocas  saltaban unos ojos de furia y desesperación que cualquier persona sin conocerla podría notar.

  • ¿ya  escuchaste cómo está llorando ese niño mamá ?  Ya me desesperó.

Distraída por otras ocupaciones y luego de su comentario, me di cuenta del llanto del menor.

  • hija, seguramente le duele algo como a ti, ellos no pueden contener sus emociones, ya cálmate ya vamos a pasar.

Los chillidos del menor aumentaban, al tiempo que se iba acercando al área donde estábamos.

Cuando el sonido fue muy presente, ambas volteamos la vista para ubicar al pequeño llorón.

Entonces vimos al menor de unos tres años de edad aproximadamente, agarrado de las manos de su madre intentando dar pasos firmes con sus piernas torcidas por alguna enfermedad.

De su boquita salían una especie de sonidos que se parecían al llanto, pero eran más similares a un sonido de dolor con alegria que se mostraba a cada paso que el pequeño daba. Un infarto cerebral podría ser la causa.

En un instante, la mirada de mi hija cambió de un aire altivo e intolerante, a un mirada de solidaridad y arrepentimiento por su comentario.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, mientras veía cada  paso que daba, los logros de esos pasos que le daban una lección de tolerancia a mi hija.

  • seguramente le duele, como me dijiste mami. Somos afortunados.

Y guardo silencio durante todo el día.