
Hay momentos en la vida en que se siente que nos encontramos en una habitación que se hace cada vez más pequeña que provoca un efecto asfixiante, una sensación de estar hundido en un lodo invisible donde, por más que se intente caminar, no se avanza. Esta frustración profunda suele aparecer a causa de sueños pausados, de trabajos que no nos llenan y entornos que ya no nos hacen feliz. Lo difícil es cuando esa frustración ocasiona ruido exterior que lastima a quienes más queremos.
Cuando el estancamiento nos alcanza, la frustración actúa como una niebla que impide ver con claridad. Aparece el enojo como una respuesta ante un mundo que percibimos como hostil, y sin darnos cuenta, empezamos a golpear las paredes de nuestra propia vida, hiriendo a veces a quienes intentan sostener nuestra mano. Es en este punto donde surge una verdad difícil de aceptar: a veces, el entorno que nos rodea —esas amistades que ya no nutren o esa rutina que nos ancla— se convierte en un obstáculo que nos impide crecer.
Entonces, reconocer que se necesita un cambio de aire no es un acto de cobardía ni de huida sino un intento de supervivencia.
Y en medio de ese caos emocional por el que atraviesan algunas personas surge una necesidad dominante, aunque poco aceptada: la de ser mirados con bondad. Mirar con bondad a quien sufre no significa convertirse en su saco de boxeo ni aceptar comportamientos que pueden lastimar, la verdadera bondad es la capacidad de ver más allá de la rabia del otro, entendiendo que ese enojo es, en el fondo, un miedo profundo a fallar.
Para quienes conocemos alguien que pasa por una situación similar, ofrecer un espacio de silencio y reflexión, permitirá que el otro encuentre su propio camino, incluso si ese camino implica alejarse de quienes los queremos para encontrarse a sí mismo y esa es una tarea compleja, pero al mismo tiempo un acto de amor. Una prueba de lealtad no es quedarse estáticos junto al otro en el fondo del pozo, sino ser quienes le abramos la puerta para que busque aire en otros horizontes.
Otorgar un tiempo necesario para meditar, validar el deseo de un cambio y apoyar la búsqueda de nuevas oportunidades son actos de generosidad y bondad profunda. Es decirle al otro: “Te quiero tanto que apoyo tu libertad de buscar tu propia paz, aunque eso signifique soltarnos un ratito”.
Al final, el cambio de ciudad, de trabajo o de lugar, es solo el escenario de una transformación más profunda. La verdadera sanación comienza cuando decidimos que merecemos algo mejor y cuando, con la mirada compasiva de quienes nos aman y nuestra propia voluntad, nos atrevemos a dar el primer paso hacia la salida. Porque incluso en el estancamiento más profundo, siempre hay un horizonte esperando a ser descubierto por quien tiene el valor de volver a empezar.
Teresa Juárez González
IG: @teregonzz14






