“Indignarnos es fácil, entender, es urgente”

Mayra Labastida

En las últimas semanas, Puebla ha sido escenario de casos que han generado desconcierto y enojo: mujeres que simulan desapariciones, embarazos inexistentes, historias que terminan por desmoronarse frente a la opinión pública. La reacción ha sido casi inmediata: indignación, burla, exigencias de castigo ejemplar. Y aunque la molestia social es comprensible, me preocupa que nos quedemos únicamente en la superficie.

Porque reducir estos hechos a “mujeres que quieren llamar la atención” es una salida fácil, cómoda y, sobre todo, profundamente injusta. Detrás de cada caso hay una persona que llegó a un punto límite. Nadie elige exponerse al escarnio público, a la criminalización y al juicio social sin estar atravesando una fractura interna o un contexto que la rebasa. Hablar de simulación sin hablar de violencia, abandono institucional, salud mental y soledad social es seguir negando una realidad que nos incomoda.

No se trata de justificar conductas ni de romantizar errores. Se trata de entender que estos episodios son síntomas. Síntomas de un entorno que ha fallado en ofrecer redes de contención, atención oportuna y políticas públicas eficaces. Algo no está funcionando cuando una mujer siente que la única forma de ser escuchada es desaparecer, mentir o inventarse una historia extrema. Eso debería alarmarnos más que indignarnos.

Aquí es donde las autoridades tienen una responsabilidad que va más allá del expediente y la sanción. Castigar sin comprender es repetir el ciclo. ¿Qué estamos haciendo —realmente— para prevenir la violencia de género? ¿Qué tan accesible es la atención en salud mental para mujeres que viven ansiedad, depresión o violencia cotidiana? ¿Qué seguimiento existe para quienes ya pidieron ayuda y no la encontraron? La reflexión no puede quedarse en discursos ni en comunicados oficiales; tiene que traducirse en acciones concretas, sensibles y sostenidas.

Como sociedad también nos toca mirarnos. Hemos normalizado el desgaste emocional, el “aguántate”, el “no exageres”, el “hay problemas más graves”. Luego nos sorprende que alguien se quiebre. La empatía no significa estar de acuerdo, significa entender que el dolor ajeno también nos habla de lo que somos como comunidad.

No estamos frente a casos aislados ni anécdotas vergonzosas. Estamos frente a un llamado de alerta. Y si algo necesitamos hoy, en medio de tanto hartazgo y desánimo, es recuperar la capacidad de pensar en colectivo, de exigir soluciones de fondo y de recordar que una sociedad se mide no por cómo castiga, sino por cómo cuida.

Esta es mi opinión, aunque no sea nada humilde.

Mayra Labastida