
(Primera entrega)
Por: José Luis Moctezuma
San Lucas Huajotitlán, ubicada en los cerros altos de Chietla no aparece en los mapas con letras grandes. De hecho se tiene que entrar por Izúcar de Matamoros. Esta ranchería se descubre levantando la mirada al horizonte. Está allá arriba, en lo más alto de la mixteca poblana, entre cactus, ayoyotes, mezquites y zopilotes patrullando el cielo, tan cerca del sol que la piel se tuesta rápido y tan cerca de las estrellas que la noche parece hablar en voz baja. Pero también está lejos, peligrosamente lejos de una clínica de salud al que no pueden llegar porque ejidatarios lo mantienen bloqueado.

Aquí la mañana huele a tierra húmeda y a humo de leña. El viento baja del cerro cargando historias viejas, mientras en el arroyo los venados todavía se atreven a beber agua. Arriba, los gavilanes sobrevuelan con precisión quirúrgica: bajan, aprietan entre sus uñas una polla distraída que pasea por el patio y se la llevan. Nadie protesta. Así funciona la naturaleza. La vida es dura, pero es justa. Lo que no es justo ocurre más abajo, en las terracerías.
En San Lucas Huajotitlán, niños, mujeres, padres y abuelos desgranan maíz criollo, de temporal, herencia viva. El grano cae y suena seco, como un gota en el silencio. Las tortillas se inflan sobre el comal; por la mañana almorzamos picaditas al fuego de leña con salsa de guajillo, manteca y queso bien doradas y por la tarde un rico adobo de pollo acompañadas de un chiquihuite repleto de tortillas salidas del comal. El fuego conversa con las cazuelas de barro y el olor —ese olor— activa la memoria y el gusto, para luego bajar el bocado con un trago de agua fría directa del manantial. Todo está en equilibrio… hasta que alguien se enferma. Ahí empieza el problema.
La familia Vivar lo sabe bien. Son 29 integrantes, entre ellos diez niños y cuatro adolescentes. Viven cerca del sol, sí, pero atrapados por rejas, candados y decisiones ajenas. No pueden salir en motocicleta ni en camioneta cuando hay una urgencia, porque los ejidatarios del poblado de Viborillas de Hidalgo en Chietla, Puebla, mantienen cerradas desde hace quince años las trancas del camino. Rejas de herrería, candados gruesos. Y cuando no basta con eso, cavan enormes hoyos para que ningún vehículo avance. ¡Si quieres pasar tienes que pagar!. Impera la ley del cacique.
Hoyos contra la vida. Poblanos impidiendo el paso a otros poblanos. Campesinos cerrándole el camino a campesinos. La montaña observa en silencio mientras el conflicto humano rompe el equilibrio que la naturaleza sí respeta. Aquí, en lo más alto de la montaña el gavilán caza para comer, pero algunos humanos te obligan a pagar para dejar pasar en vehículo al enfermo a Pueblo Nuevo o Viborillas Chietla.
San Lucas Huajotitlán resiste como puede. Con maíz, con leña, con comunidad. Pero también con miedo. Porque cuando un niño enferma, cuando una mujer necesita atención, cuando un abuelo ya no puede esperar, el camino se convierte en frontera y la salud en un lujo. Este pueblo no pide privilegios. Pide paso. Pide humanidad. Porque no basta con estar cerca del sol si la vida se apaga antes de llegar al médico.
Después de más de dos horas de camino por terracería en una pick up, cruzar un valle de cactus, sortear bajadas, parcelas, subidas por brechas, acantilados y pasar un arroyo llegamos a Huejotitlán Chietla, aquí saludo con respeto a Don Melquiades Vivar Aguilar quien se autonombra “el papá de todos los pollitos”. El llegó cuando apenas tenía siete años de edad, en el año de 1957, emigraron con el abuelo Fastino Aguilar, les dijo que antes había estado Felipa Suárez en 1935.
“Nos dijeron vamos a Huajotitlán, dejemos Chiautla de Tapia que nunca tiene agua, allá en el cerro la tierra es virgen, hay mucha agua que nace, nos hicimos tres días con sus noches caminando y arreando los burros, traíamos dos vasijas de barro con agua y en una brecha donde apenas podía pasar el animal chocamos con piedras y que se rompen, después venía colgada una guajolota y en un tronco se golpeó la cabeza, horas más tarde fue nuestro primer alimento en un buen chilate”, así recuerda el éxodo.
Melquiades Vivar Aguilar cumplió el pasado 10 de diciembre 75 años de edad, es chaparrito, moreno, usa un bastón pero camina más derechito que muchos chamacos que presumen levantar pesas en un gimnasio. Sus brazos parecen dos troncos de mezquite, correoso; sentado en una silla acomoda su gorra y enciende un cigarro, inhala una enorme bocanada que retiene por varios segundos para después expulsarla y entre esa nube densa de tabaco nos pide; ojalá ustedes nos puedan ayudar con las autoridades, no se con quién pero necesitamos que nos abran el pasó allá en Viborillas, el otro día casi se me muere una de mis nietas, la llevaron con el cuerpo atravesado en una moto como si fuera ambulancia, alguien nos tiene que ayudar, por favor no se olviden de nosotros.
Continuará…
Nos leemos pronto…
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