
En el mundo objetivo, real, que no es de novela, no existen madres de la caridad. Ni a Donald Trump le interesa en lo más mínimo defender la democracia en Venezuela, pues resulta más que evidente que su principal interés está en SU PETROLEO y solo un ciego no se daría cuenta que Nicolás Maduro, quien a la fecha de su captura llevaba 12 años al frente del gobierno y estaba cursando su tercer mandato como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela que terminaría hasta el 2031, en realidad a lo único que aspiraba hasta hace unos días era simplemente ETERNIZARSE EN EL PODER.
Por lo tanto resulta de lo más frívolo, superficial e incluso inútil, tomar partido por uno o por el otro, porque los verdaderos móviles de ambos personajes, SON INJUSTIFICABLES.
En esta historia el simple contraste entre buenos y malos para explicar los más recientes acontecimientos en Sudamérica resulta insuficiente, aquí lo único que está en disputa SON LOS INTERESES de ambas partes.
Paradójicamente hasta ahora el debate se ha centrado en defender o condenar la intervención militar, pero nadie se ha preguntado y preocupado por lo verdaderamente importante, ¿QUÉ ES LO QUE QUIERE PARA SU FUTURO EL PUEBLO VENEZOLANO?
Es decir, a partir de lo que solo a ellos les ha tocado vivir, a partir del ascenso al poder de Hugo Chávez en 1998 a la fecha, los venezolanos son los únicos con el interés y la potestad para elegir su destino y por ende debe limitarse a una decisión interna quien se quedará a cargo del NUEVO gobierno y toda opinión o exigencia desde fuera debe entenderse como una postura INJERENCISTA.
Es cierto que el gobierno de los Estados Unidos capturó y trasladó a Nicolás Maduro para ser juzgado en una corte federal en Nuevas York por diferentes cargos criminales, eso YA ES IRREVERSIBLE, por lo tanto las exigencias, presiones ó amagos de confrontación solo se convierten en un desgaste que no llevará a ningún lado, pues nos parezca o no, ya no modificará el estado de las cosas.
Por lo tanto, así como en este momento se sugiere remitir a un segundo plano la discusión sobre lo justo o ilegal de la intervención militar estadounidense y poner en primer lugar la estricta conveniencia del pueblo venezolano a decidir su futuro, lo mismo aplicaría para el gobierno mexicano respecto a la inconveniencia de tomar partido en este conflicto internacional.
Lo legal y políticamente correcto hubiera sido sujetarse a los principios de la diplomacia mexicana contenida en la doctrina Estrada que nos ha guiado casi un siglo en nuestro país, consistente en mantener una línea de NEUTRALIDAD, pero las declaraciones públicas de la Presidenta de la República Claudia Sheimbaun de condenar la intervención y ponerse abiertamente del lado de la dictadura y en contra de una medida ciertamente cuestionable, pero emanada de nuestro poderoso vecino y principal socio comercial, es sumamente riesgosa para México.
El posicionamiento de Claudia Sheimbaun no podría ser ahora a título personal, porque es la Jefa del Poder Ejecutivo Federal y por lo tanto representa a todos los mexicanos, de ahí que se encuentra obligada a ser más cuidadosa y prudente en el manejo de sus mensajes, toda vez que como país (la historia lo confirma) en el pasado nunca estuvimos en condiciones de ponernos al tú por tú con los E.E.U.U. y actualmente tampoco.
Hoy como ayer nos encontramos en una enorme desventaja en el ámbito económico, militar y comercial y no podemos darnos el lujo de tensar nuestra compleja relación de convivencia y vecindad con los Estados Unidos de Norteamérica.
Ojalá que el errático posicionamiento de la Presidenta de la República no traiga consecuencias para el país en el corto ni en el mediano plazo, pues no hay que perder de vista que están en puerta las negociaciones para la revisión del T-MEC y eso nos coloca en un plano de gran vulnerablidad. Si los dichos de la Presidenta solo le afectaran a ella, pues nadie haría ni diría nada, pero sus palabras tienen un significado y un peso político que nos compromete como nación.
Si en el futuro llegarán a producirse reacciones que pudieran tener una afectación generalizada, al rato que no digan que uno es traidor o antipatriota, sino espero que se hagan responsables de sus afirmaciones, al anteponer el interés de aquellas figuras con las que comparten afinidades ideológicas, por encima de los intereses del país que gobiernan….
- El autor es abogado, escritor y analista político.







