El enemigo en casa

Por Manuel CARMONA

La mayor amenaza para la continuidad de Morena en la Presidencia de la República no se encuentra hoy en la oposición, ni en los discursos incendiarios de sus adversarios históricos, ni siquiera en los factores económicos o internacionales que suelen desgastar a cualquier gobierno. El principal riesgo está dentro de casa: en los propios funcionarios emanados del movimiento que, día tras día, protagonizan escándalos, errores y episodios de soberbia que erosionan la credibilidad del proyecto que los llevó al poder.

Morena llegó al gobierno con una narrativa poderosa: la regeneración de la vida pública, el combate frontal a la corrupción y una nueva relación entre el poder y la ciudadanía. Esa promesa conectó con millones de mexicanos hartos de los abusos del pasado.

Sin embargo, conforme el partido se consolidó como fuerza dominante, esa narrativa comenzó a resquebrajarse frente a una realidad marcada por disputas internas, acusaciones de tráfico de influencias, exhibiciones de poder mal entendidas y una desconexión cada vez más evidente con el sentir social. El problema no es solo la existencia de estos episodios, sino su recurrencia y la aparente normalización de conductas que contradicen el discurso fundacional.

Los escándalos mediáticos se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Funcionarios que presumen lujos incompatibles con la austeridad republicana, declaraciones que minimizan la violencia o la pobreza, decisiones erráticas que incendian las redes sociales y conflictos internos que se ventilan sin pudor en la arena pública.

Cada caso, visto de manera aislada, podría parecer anecdótico; juntos, construyen una narrativa corrosiva: la de un partido que empieza a parecerse demasiado a aquello que prometió combatir.

Un ejemplo reciente que generó fuerte indignación fue el incidente protagonizado por el presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguilar, cuando una asistente fue captada boleándole los zapatos en un acto público. Más allá de la explicación formal o del contexto específico, la imagen resultó devastadora en términos simbólicos. Para un movimiento que hizo de la dignidad, la igualdad y la eliminación de privilegios una de sus banderas, la escena evocó prácticas de subordinación y ostentación propias de un régimen que Morena dijo venir a superar. La defensa posterior no logró borrar la impresión de una élite que comienza a perder el contacto con la sensibilidad social.

A ello se suma la detención del alcalde de Tequila, Diego Rivera, un golpe directo a la narrativa de honestidad que el partido intenta sostener. Aunque Morena ha insistido en que no protege a nadie y que las investigaciones deben seguir su curso, el daño político ya está hecho. Para amplios sectores de la ciudadanía, cada funcionario detenido refuerza la percepción de que la corrupción no fue erradicada, sino simplemente trasladada de siglas. La presunción de inocencia es un principio jurídico irrenunciable, pero en el terreno de la opinión pública el impacto es inmediato y profundo.

En el ámbito interno, la ruptura de la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, con diputados de su propio partido es otro síntoma preocupante. Las fracturas internas, los enfrentamientos públicos y las acusaciones cruzadas proyectan la imagen de un movimiento incapaz de procesar sus diferencias con madurez política. Lejos de mostrar unidad y cohesión, Morena comienza a exhibir luchas de poder que recuerdan a los viejos partidos que tanto criticó.

En este contexto, la defensa que ha hecho la presidenta Claudia Sheinbaum de su gobierno y de los cuadros de Morena corre el riesgo de ser insuficiente. No porque carezca de liderazgo o legitimidad, sino porque el desgaste no se combate solo con discursos desde la tribuna presidencial.

La ciudadanía no evalúa a un gobierno únicamente por sus cifras macroeconómicas o la continuidad de los programas sociales, sino por la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre el ideal proclamado y la conducta cotidiana de quienes ejercen el poder.

Cada escándalo mal gestionado, cada señal de impunidad o de soberbia, alimenta un desencanto silencioso pero persistente. Y cuando ese desencanto se instala, ni la popularidad presidencial ni la debilidad de la oposición bastan para contenerlo.

Sheinbaum enfrenta así un dilema crucial: mantener una defensa cerrada del partido y confiar en el capital político heredado, o dar un golpe de timón real, imponer orden, marcar límites claros y enviar una señal inequívoca de que en Morena no todo se permite.

La historia política mexicana es contundente: los partidos que confunden hegemonía con impunidad terminan pagando un precio alto. Morena aún está a tiempo de corregir el rumbo, pero el margen se estrecha. Si no logra alinear a sus funcionarios con los principios que le dieron origen y frenar la cadena de escándalos que hoy domina la agenda, la mayor amenaza a su continuidad en el poder no vendrá de enfrente, sino de sus propias filas.

  • El autor es abogado, escritor y analista político.