
Dicen los que saben que en el estado ya huele a pólvora, a antojito recién salido del comal y, cómo no, a cerveza destapada desde el mediodía. Arrancaron los carnavales y con ellos esa vieja tradición de disfrazarse de todo… menos de prudentes.
Porque si algo no cambia año con año es el entusiasmo etílico. El brindis se vuelve competencia. La competencia, empujón. Y el empujón, trifulca.
Nada nuevo bajo el sol. Ni bajo el confeti.
Como cada carnaval, más operativos, más patrullas, más rondines y más llamados a la responsabilidad… esa que suele llegar tarde o perderse entre banda y banda.
Pero ojo: no todo el mapa es igual.
Cada región defiende su carnaval como defiende su mole: con receta propia y orgullo heredado.
Y aunque hay plazas que terminan en pleito —como ocurrió en San Pablo Xochimehuacan— hay otras que concluyen en aplausos.
Ahí está Huejotzingo, que por segundo año consecutivo —al menos hasta ahora— puede presumir calma entre mosquetazos, desfiles y trajes de época. Ni un percance que lamentar. Ni un titular rojo que manche la celebración.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿saldo blanco?
La interrogante se queda sobre la mesa, como vaso a medio llenar. Porque falta el jalón final.
El martes de carnaval es la verdadera prueba de resistencia: para los danzantes que agotan la última energía, para los cuerpos de seguridad que no bajan la guardia.
Por ahora, hay que decirlo: las autoridades han hecho su parte. Y, cosa rara pero celebrable, la sociedad ha respondido.
Porque si algo enseña el carnaval es que el último día siempre guarda sorpresas.
El saldo blanco no se canta… se confirma.
Y siempre al final.
¿O no?
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